El especialista Juan Pablo Macagno detalló que los biodigestores permiten a los establecimientos tamberos convertir sus pasivos ambientales en activos económicos.
El tratamiento de los efluentes en los establecimientos lecheros y en la industria láctea transita un cambio de paradigma. El cofundador de Cleanergy y CEO de 3C Biogás, Juan Pablo Macagno dialogó con Cadena de Valor y explicó que la viabilidad de los biodigestores ya no depende solo de la electricidad. Destacó la aparición de los créditos de carbono como un ingreso real, el valor técnico del digestato y las alternativas asociativas para pymes lácteas con inversiones desde los 50.000 dólares.
De esta manera, analizó el presente de la actividad y remarcó la importancia de encarar los desarrollos de forma integral, “focalizándonos en los establecimientos tamberos y en la industria láctea en general, nos encontramos con un sector que genera biomasa todos los días con un muy buen potencial. Para que los proyectos sean viables hoy, hay un montón de otras aristas que deben ser valorizadas y monetizadas”.
De acuerdo con el ejecutivo, la sostenibilidad económica de las plantas actuales se apoya en una canasta de ingresos diversificada que supera la tradicional venta de energía eléctrica, entre ellas los Créditos de carbono, donde los mercados de mitigación de gases de efecto invernadero se consolidaron de forma definitiva. “Aparecieron los mercados de carbono y ya dejaron de ser una potencialidad para empezar a ser una realidad; para todos los nuevos proyectos es muy interesante incluirlos en el esquema”, detalló Macagno.
Por otro lado la Valorización del digestato, donde los diez años de experiencia con plantas operativas demostraron el impacto agronómico positivo de este subproducto (el residuo orgánico estabilizado del proceso de digestión) tanto en el rendimiento de los cultivos como en la estructura del suelo, lo que permite asignarle un valor económico directo como biofertilizante.
Además de la electricidad, ganan terreno canales alternativos como el uso del biogás purificado como biocombustible vehicular o como complemento inyectable en las redes de gas natural. Y por último los Certificados ambientales donde la emisión de certificados de disposición final de residuos se convirtió en un activo comercial de peso, impulsado por las exigencias globales de sustentabilidad que los clientes corporativos imponen a la industria láctea.
Respecto a las limitaciones estructurales y de tamaño de los tambos, Macagno aclaró que teóricamente existen tecnologías disponibles para cubrir todo el abanico de escalas productivas, aunque la viabilidad final está sujeta a las características geográficas y a la calidad de los sustratos (biomasa) disponibles en cada región.
Dada la complejidad multidisciplinaria de los proyectos, el directivo planteó que la viabilidad en sectores pymes se apoya fuertemente en esquemas cooperativos o asociativos. “Podemos estar hablando de un tambo grande o también de hacer proyectos donde participen más de un tambo o, incluso, alguna industria láctea que esté cercana. Se puede centralizar toda la biomasa en un punto y la economía de escala hace más rentable el proyecto”, argumentó.
Finalmente, el abanico financiero para ingresar a la actividad muestra modelos de negocios sumamente diversos. Las inversiones requeridas varían según los objetivos de la empresa (ambientales, económicos o mixtos) y la sofisticación del equipamiento: el mercado ofrece desde tecnologías básicas con biodigestores sencillos a partir de los 50.000 dólares, hasta complejos industriales a gran escala que alcanzan los 4.000.000 de dólares