Un informe de FADA revela que la Argentina podría triplicar su superficie bajo riego y el impacto sería de 5 millones de toneladas adicionales de granos, más de 27 mil empleos y casi U$S 1.000 millones extra en exportaciones.
El potencial del riego en la Argentina vuelve a instalarse en el centro del debate productivo. En un contexto global donde la demanda de alimentos crece de manera sostenida y las sequías son cada vez más frecuentes, un nuevo informe de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA) advierte que el país tiene una oportunidad concreta para transformar su matriz agrícola a partir de la ampliación y modernización de los sistemas de riego.
Actualmente, en la Argentina se riegan 2,1 millones de hectáreas, pero el estudio identifica un potencial de al menos 7,5 millones de hectáreas que podrían incorporarse bajo sistemas modernos y eficientes.
“Hay muchas formas de cuidar el agua. En nuestra casa, por ejemplo, cuando cerramos la canilla mientras nos cepillamos los dientes estamos haciendo un uso responsable. Con el riego en el campo pasa lo mismo: no se trata de gastar más agua, sino de usarla mejor”, explican desde FADA. El concepto central del informe es claro: el riego no implica derroche, sino eficiencia.
Solo en Córdoba y Buenos Aires, la expansión del riego complementario permitiría sumar más de un millón de toneladas adicionales de soja, más de 3 millones de toneladas de maíz y más de 800 mil toneladas de trigo. En total, de unos 5 millones de toneladas extra de estos tres cultivos estratégicos. Llevado al empleo, generaría 2 empleos cada 100 hectáreas, aportando más de 27 mil puestos de trabajo: en servicios, industrias, fletes, para las exportaciones.
En otro punto relevante, destacan que el avance de la tecnología “permite monitorear los cultivos y aplicar el agua en cantidad y frecuencia necesarias para la planta, lo que a veces escuchamos nombrar como riego de precisión”. Además, agregaron que “con esto podemos hacer un uso racional y responsable, amigable con el ambiente, porque se le da a la planta exactamente lo que necesita y cuando lo necesita”.
Un aspecto clave es la energía. El riego eléctrico consume aproximadamente un tercio de lo que demanda un sistema a gasoil, aunque no siempre existe disponibilidad de red en las zonas rurales. Allí aparecen como alternativa las energías renovables, especialmente los paneles solares, que pueden integrarse a los sistemas de riego para reducir costos y mejorar la sustentabilidad.
Para el productor, la inversión promedio en un sistema con pivote eléctrico ronda los U$S 2.000 por hectárea. Sin embargo, los aumentos de rendimiento pueden alcanzar hasta 62% en soja y 85% en maíz en Buenos Aires. En Córdoba, además de mejorar rindes, el acceso al riego puede marcar la diferencia entre poder sembrar trigo o no hacerlo.
En términos macroeconómicos, esas toneladas adicionales representarían U$S 1.120 millones más en valor bruto de producción, U$S 432 millones en recaudación fiscal y U$S 935 millones adicionales por exportaciones. “El riego tiene múltiples beneficios: al aumentar la producción y los rendimientos, se dinamiza toda la cadena. Hay más insumos, más transporte, más servicios, más empleo y más dólares para el país”, señalaron desde la entidad.
En este marco, desde la Fundación consideran que el acompañamiento fiscal es otro de los puntos clave. “Para lograr los impactos positivos de expandir y mejorar el riego, el informe plantea medidas concretas de políticas públicas: amortización acelerada para inversiones en riego, devolución de saldos técnicos de IVA, reducción del IVA (hoy 27%) sobre la energía eléctrica utilizada en riego agropecuario y fomento de energías renovables para sistemas de riego”, explican.
Indican también que “estas políticas ya se encuentran en la agenda al ser incorporadas en el Régimen de Incentivo a la Mediana Inversión (RIMI)”.