Un análisis de Fertilizar AC muestra que ajustar la dosis de nutrientes según las necesidades de los cultivos y el diagnóstico del suelo permite mejorar los rindes y los márgenes económicos.
La fertilización debe considerarse una inversión y no solamente un costo de producción. Esa es una de las principales conclusiones de “La matemática del lote”, la presentación de Fertilizar AC que propone integrar biología, matemática y economía para evaluar cómo las decisiones nutricionales impactan en el rendimiento, la rentabilidad y la conservación de la fertilidad del suelo.
En encuentro se organizó en dos partes para presentar los datos de “la matemática biológica” y “la matemática económica”. La primera abordó los requerimientos nutricionales de los cultivos, la extracción de nutrientes a través de las cosechas, los modelos de diagnóstico y la eficiencia agronómica de uso de los nutrientes. La segunda se concentró en las relaciones entre el costo de los fertilizantes y el precio de los granos, y en cómo las decisiones de manejo se trasladan al margen bruto.
Franco Córdoba, responsable del área de Mercados de Fertilizar, comparó tres estrategias para un maíz temprano en la zona núcleo. Tomó el maíz a U$S 201 por tonelada (posición abril 2027), neto de gastos de comercialización, el fertilizante con su costo de aplicación y un alquiler de 16 quintales de soja por hectárea.
Pasar de 80 a 160 kilos de nitrógeno cuesta U$S 134 más por hectárea, pero eleva el rinde alcanzable en 4 toneladas y suma U$S 403 de margen. Según la entidad, con la relación de precios actual cada dólar invertido en nitrógeno se recupera 2,2 veces.
La diferencia pesa más en campo alquilado: con la dosis más baja, el margen queda en U$S 105 negativos por hectárea. «En campo alquilado, quedarse corto con el nitrógeno puede dejar el margen en rojo», advirtió Fertilizar.
Según Córdoba, reducir la dosis puede parecer una forma directa de ahorrar, pero recorta el rinde y golpea el margen. Además, los rindes más altos permiten repartir los costos fijos, como el alquiler, la semilla y las labores, entre más toneladas.
En cuanto al cultivo de soja, se presentaron resultados de una red de ensayos de soja de primera en la zona núcleo y la comparación se hizo con dos niveles de fertilización fosfatada. Con el manejo frecuente, la dosis considerada es de 9 kilos de fósforo por hectárea, un rendimiento de 3,7 toneladas y un costo de fertilizantes de 39 dólares por hectárea. El margen bruto estimado alcanzó 652 dólares por hectárea en campo propio.
En tanto, en el planteo de nutrición completa con una dosis aumentada de 24 kilos de fósforo por hectárea, el rendimiento llegó a 4,2 toneladas. El costo de los fertilizantes subió a 103 dólares por hectárea, pero el margen bruto alcanzó 726 dólares por hectárea. Así, la diferencia es favorable en 74 dólares por hectárea, es decir un 12% entre las distintas estrategias de fertilización.
En el caso de siembras de soja en campo alquilado, con un arrendamiento de 16 quintales de soja, el margen pasó de 79 a 153 dólares por hectárea, es decir, casi se duplica margen bruto. En este caso, el incremento de la inversión en fertilizantes fue de 64 dólares por hectárea y el aumento de rendimiento estimado fue de 500 kg/ha.
Por su parte, el coordinador técnico de FERTILIZAR AC, Esteban Ciarlo, explicó que el primer paso consiste en conocer los requerimientos nutricionales del cultivo y cuántos nutrientes se extraen efectivamente con la cosecha, dado que las plantas toman nutrientes que no necesariamente terminan en el grano, debido a que “una parte permanece en los residuos vegetales”.
En el caso del maíz, por cada tonelada de grano producida el cultivo requiere 20 kilos de nitrógeno (N) y 4 kilos de fósforo (P), mientras que la extracción por el grano es menor: alrededor de 14 kilos de N y 3 kilos de P por tonelada.
Con un rendimiento promedio nacional de 7,7 toneladas por hectárea en la campaña 2025/26, la extracción estimada alcanzó unos 105 kilos de N y 23 kilos de P por hectárea. Esos valores permiten medir la cantidad de nutrientes que salen del lote con la producción y el problema se da cuando el aporte de la fertilización queda por debajo de lo que se extrae. En ese caso, parte de la producción se sostiene con los nutrientes que aporta el propio suelo, “un insumo que no figura directamente en las facturas de la campaña”.
Ciarlo también discutió sobre el comportamiento de los nutrientes, en un contexto de campaña con elevadas precipitaciones. “El nitrógeno es móvil y puede perderse por lavado, por lo que su disponibilidad debe evaluarse en relación con el ciclo del cultivo”. El fósforo, en cambio, “tiene menor movilidad y puede acumularse en el suelo” y, así, su manejo tiene relación con la disponibilidad en las campañas posteriores (medición que aporta el índice de P Bray).
El especialista introdujo el concepto de “eficiencia agronómica”, a la cual explicó como los kilos adicionales de grano que se obtienen por cada kilo de nutriente aplicado, y resaltó la importancia de “una nutrición balanceada: aplicar un nutriente de manera aislada no siempre permite aprovechar todo su potencial si otros elementos limitan el crecimiento”, afirmó. “La dosis, la fuente, el momento y la forma de aplicación también condicionan la eficiencia de la fertilización”.
El presidente de FERTILIZAR AC, Roberto Rotondaro, retomó los resultados económicos para destacar la importancia del rendimiento en la rentabilidad de los cultivos. Según señaló, la tecnología aplicada y la cantidad de fertilizante utilizada pueden modificar sustancialmente el margen bruto, e incluso permitir que un planteo en campo alquilado pase de un resultado negativo a uno positivo.
“Tenemos que concentrarnos en las tecnologías que apalancan el aumento de rendimientos”, planteó, sin dejar de plantear la necesidad de cuidar los costos, buscar mejores precios y optimizar los servicios y las labores. “El desafío es evitar que el análisis quede limitado a pequeñas diferencias en el precio de un insumo cuando todavía existe margen para mejorar la cantidad de kilos producidos por hectárea”, dijo.
En ese sentido, vinculó la fertilización con una estrategia de intensificación sustentable: obtener más kilos por hectárea y por milímetro de agua, aprovechando mejor los recursos disponibles sin depender de la incorporación de nuevas tierras de baja aptitud agrícola o que cumplen otras funciones ecosistémicas -ej: reserva de biodiversidad-.
La conclusión del encuentro fue que la decisión de fertilizar no puede reducirse a cuánto cuesta el producto. Debe considerar cuánto nutriente necesita el cultivo, qué aporta el suelo, qué respuesta productiva puede esperarse y cómo esa respuesta se traduce en el margen económico. La cuenta, insistieron los especialistas, empieza con el diagnóstico de cada lote y se completa al relacionar la eficiencia agronómica con los precios y costos de la campaña.