Estados Unidos y Brasil marcan el rumbo del etanol mientras Argentina busca destrabar su potencial

Con reglas estables, mercados profundos y altos niveles de consumo interno, las dos potencias del bioetanol lideran la transición energética. En contraste, la industria argentina muestra eficiencia productiva, pero enfrenta límites regulatorios que frenan su desarrollo.

Aunque Estados Unidos, Brasil y Argentina comenzaron a legislar sobre biocombustibles en la década del 70, la industria del etanol evolucionó a ritmos muy distintos en cada país. Hoy, Estados Unidos se consolida como el principal productor y consumidor mundial, Brasil ocupa el segundo lugar con el mayor corte obligatorio de etanol en naftas, y Argentina, con una escala menor, exhibe indicadores de eficiencia productiva que evidencian un potencial aún no aprovechado.

Así lo señala un reciente informe de la Bolsa de Cereales de Córdoba, que analiza la estructura productiva, el marco regulatorio y el desempeño económico del etanol en los tres principales actores del mercado global.

En Estados Unidos, el desarrollo del etanol se apalancó en mandatos de consumo claros y sostenidos. Desde la implementación del Estándar de Combustible Renovable (RFS), la mezcla obligatoria del 10% de etanol en naftas (E10) impulsó una industria que hoy cuenta con 191 plantas, mayormente concentradas en el “Cinturón del Maíz”. Con una capacidad productiva cercana a los 70.000 millones de litros anuales, el país produce en promedio más de 55.000 millones de litros por año, de los cuales el 93% se consume internamente. El maíz explica casi la totalidad de la materia prima utilizada, y el valor agregado promedio ronda los USD 107 por tonelada procesada.

Brasil, en tanto, construyó un modelo basado en altos niveles de consumo doméstico y precios de mercado. El Programa Nacional de Alcohol (Proálcool), iniciado en 1975, sentó las bases de una política de largo plazo que hoy se complementa con RenovaBio, un esquema que remunera la eficiencia ambiental a través de créditos de descarbonización. Con un corte obligatorio del 27%, el más alto del mundo, y una flota mayoritariamente “flex”, Brasil consume más de 23.000 millones de litros anuales. La producción, que promedia 25.000 millones de litros por campaña y supera los 30.000 millones en los últimos ciclos, se sustenta principalmente en caña de azúcar, aunque el etanol de maíz gana terreno, especialmente en el centro-oeste del país.

Argentina presenta un escenario diferente. Con 18 plantas distribuidas en seis provincias y una capacidad instalada estimada en 1.650 millones de litros anuales, la producción efectiva ronda los 800 millones de litros por año. El corte obligatorio se mantiene en el 12%, dividido equitativamente entre etanol de caña y de maíz, y el mercado está fuertemente regulado: el Estado fija precios, asigna cupos y controla exportaciones. Si bien el maíz ofrece rendimientos muy superiores en términos de litros por tonelada frente a la caña, la industria enfrenta márgenes ajustados y, en los últimos años, valores agregados negativos, producto del atraso en los precios regulados y del encarecimiento de la materia prima.

El informe destaca que, a diferencia de Estados Unidos y Brasil, Argentina tiene una participación marginal en el comercio internacional de etanol, con exportaciones que promedian apenas 45 millones de litros anuales. La mayor parte de la producción se destina a cumplir con el mandato interno de mezcla, lo que limita la posibilidad de escalar y captar oportunidades externas.

En términos de empleo, la cadena del etanol argentino genera más de 5.100 puestos de trabajo, con fuerte impacto regional, mientras que Brasil y Estados Unidos exhiben industrias de gran escala con cientos de miles de empleos directos e indirectos.

Como conclusión, la Bolsa de Cereales de Córdoba señala que el etanol ofrece una oportunidad concreta para agregar valor, generar empleo y reducir emisiones, pero su desarrollo depende de contar con marcos regulatorios previsibles y señales económicas claras. Mientras Brasil y Estados Unidos avanzan con políticas estables y de largo plazo, Argentina enfrenta el desafío de transformar su potencial productivo en un sendero sostenido de crecimiento para la bioenergía.